La pobreza intoxicó a los Siliézar
Lo que para los agrónomos y especialistas en cultivos les parece inconcebible, que una familia haya ingerido tortillas de maíz con plaguicida, para los habitantes de la comunidad Las Cañas, Soyapango, no parece tan desquiciado. Hay pobreza y abunda el hambre.
Es un lugar donde las tortillas acompañadas con sal son sagradas.
En el patio trasero y delantero del caserío, que está de luto por los fallecimientos de María Alejandra y José Isaías, de 10 y 12 años, respectivamente, hay abundancia de necesidad. Es notorio desde el acceso.
Una calle empedrada divide la urbanidad de la precariedad. Para ser trasladados al hospital, los Siliézar —la familia que se intoxicó el miércoles tras ingerir tortillas de maíz molido de semilla mejorada— tuvo que atravesar un trayecto de cuatro escabrosos kilómetros para salir a la carretera de Oro y llegar hasta el hospital.
La casa construida con lodo y bajareque es testigo silencioso de lo ocurrido. La risa de los niños se ha ido, la mascota también. El gato que les brindó alegría murió bajo las mismas circunstancias al comer maíz molido.
Ayer, la puerta de la casa estaba cerrada con candado. La soledad y la estampa de tragedia incidió para que los féretros de los niños fueran velados en la casa de su tía María Siliézar.
Los platos plásticos de aquel almuerzo permanecen en un guacal. Nadie los ha lavado. Las camas también siguen desordenadas. Dicen los vecinos que los infantes fallecidos se acostaron tras sentir los primeros síntomas.
La comunidad está unida y todos prestaron sus sillas plásticas para que los visitantes pudieran sentarse.
Conseguir los fondos para los ataudes fue una odisea, pero un llamado televisivo de Claudia, de 15 años, hermana de los fallecidos, hizo eco en la conciencia del alcalde soyapaneco, Carlos Ruiz. La municipalidad los donó.
María Alejandra descansó por última vez en una caja blanca y su hermano José Isaías en una café. Ambas de lámina.
Dos focos y un ventilador iluminaron sus cuerpos en la improvisada sala de velación. El calor acompañó a los visitantes, quienes observaron con detenimiento las cuatro muñecas en fila colgadas en la pared simulando un altar. Durante el velorio, las conversaciones describieron la precariedad.
Hambre
No tener trabajo ni maíz para alimentar a cinco de sus siete hijos provocó que los esposos Blanca y José Segundo optarán por convertir los granos de maíz en tortillas. Ninguno de los dos podía leer y escribir.
Los vecinos defendieron a capa y espada la decisión mortal.
-“No tener alimentos para darle a los hijos es terrible”, afirmó don Carlos Siliézar e inmediatamente observó a su nieto Jairo, de tres años.
El infante está descalzó y no lleva camisa. Una calzoneta negra y desteñida son su único protector de los mosquitos y moscas que interceptan a los habitantes en cada paso que dan.
Un gesto tierno de Jairo con su cara llena de tierra hacen reflexionar a su abuelo sobre la situación económica que atraviesan.
-“Hay días, hoy que no hay trabajo, en que cruzamos los brazos y nos miramos las cara. Y los niños viéndonos y pidiéndonos comida”, recalca don Carlos y regresa a ver el cuerpo inerte de María Alejandra. Era bien portada, dice una y otra vez.
La historia de hambre de los Siliézar se reproduce en las humildes viviendas que colindan con la línea férrea y el río el arenal, mismo donde sacan arena para recolectar dinero y alimentarse.
En el lugar viven 138 personas entre niños, jóvenes, adultos y ancianos distribuidos en 177 familias, cuenta Narcisa Roble, presidenta de la junta directiva de la humilde comunidad.
Las situaciones de pobreza no son un secreto y Narcisa tiene identificado el porcentaje para medirla: 70% de las familias viven en situaciones similares a los Siliézar.
Por falta de dinero para lo básico varios jóvenes dejaron sus estudios en busca de trabajo como la historia de Claudia, la segunda hija de los Siliézar.
Los vecinos dicen que la joven está viva de milagro. Claudia no consumió tortillas porque andaba trabajando, paradójicamente, en un comedor, ubicado en la colonia Bosques del Río.
La menor, que ayer cambió de rol y tomó un papel de adulto, abandonó la escuela cuando cursaba quinto grado.
Era necesario aportar a la casa, aunque eso implicará solo ganar $3 diarios, que mensuales se traducían en $60.
Cuando había que tomar decisiones, Claudia se limpiaba las lágrimas y dirigía a los visitantes, pero al ver los rostros de sus hermanos en el féretro, no podía evitar quebrantarse.
La joven se apretaba el pecho, se halaba el pelo y renegaba. No entendía porqué sus hermanos habían muerto.
Dos lágrimas que brotaron de los ojos de María Alejandra abonaron a la indignación de la hermana mayor. “Está llorando porque no se quería morir, hermanita venite. Mi niña”, replicaba.
El lagrimeo que los especialistas explican como efecto del tóxico provocó la alteración de la muchedumbre, en su mayoría escolares, que llegaron a despedirse de sus ex compañeros de clases. Las maestras lloraron, pues a pesar de las condiciones, María Alejandra compartía lo poco que tenía. El viernes le llevó una guayaba a su maestra.
La lluvia amenazaba sobre Soyapango y antes que se desencadenara, los familiares optaron por emprender camino al cementerio del cantón La Fuente, en Tonacatepeque.
José Isaías y María Alejandra fueron despedidos en una ceremonia de 15 minutos, donde las oraciones se centraron en el restablecimiento de sus hermanos Juan Diego, Gerardo y Gilberto y sus padres.
“Que Dios nos ayude con esta pobreza” fue la súplica colectiva de una comunidad que pide una oportunidad para desarrollarse.




















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